Ciudadanos natos (Maruja Torres)

2009, 23 abril

Una de las ventajas que tiene vivir en un país como este, penalmente hablando (y de pena, también, para que nos vamos a engañar) es que a algunos se nos pasan los miedos corrientes. Por ejemplo, desde las reformas del Código Infinito (o durante las reformas, ignoro si mientras escribo esto habrá sido declarado delito pisar el césped cuatro veces), he perdido completamente el miedo a volar. ¿Recuerdan? En más de una ocasión les castigué con mis cogitaciones paranoicas acerca de elevarse en la atmósfera y dirigirse a alguna parte, teniendo que confiar en personas a las que no conoces, sentada junto a extraños que lucen los tobillos envueltos en calcetines de ejecutivo Punto Blanco y sin tener siquiera el consuelo de haber fabricado con sus propias manos el aparato.

Hoy comprendo que entregarse a aquellos pánicos fue una tontería. Ahora sé lo que es tener miedo en serio. Pero no de la Ley, ni de la Policía. Ni siquiera del gobierno, ni del partido en el poder, ni de la lela oposición. Ni del Eje del Bien ni del Eje del Mal. Ni de la Dictablanda ni de la Demodura, ni de los militares, ni de los obispos, ni de la Santa Madre Iglesia. Ni del Opus ni de la secta Moon. Ni del infierno ni del demonio. Ni de las alturas, ni de las bajuras. Tampoco me entretengo, ya, albergando temores de tercera, como mi antiguo terror a utilizar mal el mando a distancia a la hora de las noticias del guiñol, y que me salga cualquier otra televisión con cualquier otro telediario. O el estremecimiento que solía provocarme pasear por el barrio de Salamanca, a sabiendas de que en cualquier esquina pueden estar los Agag. No.

Hoy me da miedo ver en quiénes nos estamos convirtiendo, la clase de ciudadanos tipo que hemos llegado a ser. Individuos protestones pero no rebeldes, aquejados de irritabilidad porque creemos que se nos debe algo que fantaseamos se nos prometió, y de cuya carencia la culpa siempre la tienen otros, sean los ladrones o los extranjeros, o los extranjeros ladrones, o los negros, o los amarillos, o los marrones. Miedo me dan los miedos que tenemos a que nos roben en el piso o nos tiren del bolso, a que nos quiten la tranquilidad de pasear de noche por el centro, a olvidarnos de conectar la alarma antes de irnos al campo, a disfrutar del fin de semana. Y a que nos invadan y nos quiten los empleos, y a perder la identidad (la de ser idénticos unos a otros y, encima, satisfechos), y a la lucha entre civilizaciones (a cualquier cosa lo llamamos así, civilización) y al enfrentamiento entre culturas (lo
mismo digo: ¿no sería mejor decir “cultivos”?). Por temer, tememos hasta al frío de Enero (eso es el invierno, el frío, la nieve, ¿no lo sabíamos?) y a la inflación provocada por el euro (manejamos mal la moneda, y farfullamos ante los subidones, pero no los denunciamos; es culpa nuestra)

Sin embargo, no nos aterran los muros ni los fosos, ni las cárceles ni las rejas, ni los perros policías, ni los registros vejatorios, ni las violaciones de sagrados derechos, toleramos los nuevos campos de concentración, cerramos los ojos ante las matanzas, aceptamos las explicaciones más pedestres e incluso la falta absoluta de explicaciones. Sentimos una brutal indiferencia por todo lo que no sea nosotros mismos. Permitimos que la autoridad nos proteja, dejamos que estreche los márgenes y endurezca las reglas, en la boba creencia de que no son para nosotros. Nunca tendremos suficiente, si de lo que se trata es de estar seguros: cadenas, condenas, y, si no hay más remedio, el paredón (hay muchas formas de ejecutar: devolver a los perseguidos a su país de origen, ¿no es contribuír a su exterminio?), qué le vamos a hacer, si vivir se ha puesto tan difícil y el mundo es una selva en donde el buen
ciudadano medio se siente indefenso ante el peligro. Somos hijos vergonzantes de Thatcher, Reagan, Giuliani, y de Matanzos, aquel concejal del PP en Madrid que fue precursor de Aznar, Bush, Blair y LePen, nuestros hermanos y mentores.

Francamente, queridos, prefiero el avión.
Ciudadanos natos (Maruja Torres)

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