25 de Octubre y la verborrea.

2011, 25 octubre

Aquella noche R. me dijo que verbalizaba demasiado. Que en la certeza no eran necesarias tantas palabras. Que, de hecho, las palabras prostituían la realidad, que existía mucho más allá de los nombres, adjetivos, verbos y adverbios y que normalmente iba a su bola, obviando los dictámenes lingüísticos a los que la sometemos. Y aunque aquel día su afirmación me pareció hiriente, por las veces que las palabras me han salvado del abismo, hoy le doy la razón. La certeza no entiende de palabras, sólo llega y te aturde, te transforma, te convierte en otra persona que nada tiene que ver con las vidas que antes habías vivido. Te hace absoluto. Te transporta a un universo en el que las letras no son más que anecdóticos garabatos en el caos.

Y la inmortalidad, la existencia más allá de uno mismo, la revelación de la identidad, se agota en el esfuerzo por incluírla en nuestras limitadas taxonomías.

Larga vida al silencio de la certeza.

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