Siempre es igual aquí el verano:

sofocante y violento.

Pero

hace muy pocos años todavía

este paisaje no era así.

Era

más limpio y apacible -me cuentan-,

más claro, más sereno.

Ahora

el Imperio contrajo sus fronteras

y la resaca de una paz dudosa

arrastró a la metrópoli,

desde los más lejanos confines de la tierra,

un tropel pintoresco y peligrosos:

aventureros, mercaderes,

soldados de fortuna, prostitutas, esclavos

recién manumitidos, músicos ambulantes,

falsos profetas, adivino,s bonzos,

mendigos y ladrones

que practican su oficio cuando pueden.

Todo el mundo amenaza a todo el mundo,

unos por arrogancia, otros por miedo.

Junto a las villas de los senadores,

insolentes hogueras

delatan la presencia de los bárbaros.

Han llegado hasta aquí con sus tambores,

asan carne barata al aire libre, cantan

canciones aprendidas de sus lejanas islas.

No conmemoran nada: rememoran,

repiten ritmos, sueños y palabras

que muy pronto

perderán su sentido.

Traidores a su pueblo,

desterrados

por su traición,

despreciados

por quienes los acogen con disgusto

tras haberlos usado sin provecho,

acaso un día

sea ésta la patria de sus hijos;

nunca la de ellos.

Su patria es esa música tan solo,

el humo y la nostalgia

que levantan su fuego y sus canciones.

Cerca del Capitolio

hay tonsurados monjes mendicantes,

embadurnados de ceniza y púrpura,

que predican y piden mansamente

atención y monedas.

Orgullosos negros,

ayer todavía esclavos,

miran a las muchachas de tez clara

con sonrisa agresiva,

y escupen cuando pasan los soldados.

(Por mucho menos los ahorcan antes.)

Desde sus pedestales,

los Padres de la Patria contemplan desdeñosos

el corruptor efecto de los días

sobre la gloria que ellos acuñaron.

Ya no son más que piedra o bronce, efigies,

perfiles en monedas, tiempo ido

igual que sus vibrantes palabras, convertidas

en letra muerta que decora

los mármoles solemnes en su honor erigidos.

El aire huele a humo y a magnolias.

Un calor húmedo asciende de la tierra,

y el viento se ha parado.

en la ilusoria paz del parque juegan

niños en español.

Por el río Potomac remeros perezosos

buscan la orilla en sombra de la tarde.

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El momento no es bueno.
Ya se sabe
que los vientos tampoco.
Una tromba de agua arrasa a Cataluña.
La lluvia
no moja desde meses la tierra de Almería.
Aquí, en cambio, los hielos ennegrecen
los frutos
y más allá los huracanes
derriban bosques, y en otro
lugar no tan lejano
un inmenso trigal fue pasto de las llamas.
No vamos a quejarnos por tan pequeña cosa.
No vamos a quejarnos desde ahora por nada.
Desde ahora
somos invulnerables de tanto vulnerados,
insensibles
de haber sentido tanto.
Y si un niño se muere o una ilusión se quiebra
no hay por qué preocuparse:
estamos
perfectamente disculpados.
Son los vientos, los tiempos, las desgracias que corren
como arañas hambrientas sobre nuestra inocencia.
Es el momento este que nos pesa en el pecho
igual que una gran piedra,
y nos inmoviliza.
En el aire quedaron vestigios de palabras:

-… supervivientes todos de inclinada postura:
sería
preferible
fallecer intentando enderezar los huesos…-

y pasó un aeroplano y ya no se oye nada.