Primer atardecer de primavera

Y hace tiempo que yo ya me fui,
yo siempre me estoy yendo
Pero siempre estoy contigo,
aunque a veces
pienses que no hay nada
Cuando me quedo mirando
como si estuviera ausente
Es porque estoy viajando,
no pienses que voy a perderme

T'inquiéte pas...

T’inquiète pas… on a encore quelques jours pour goûter l’éssence de l’autre.

On a encore la possibilité de rêver qu’on habite dans un autre corps, plus jeune, plus prêt à la découverte, plus plein de vie que ceux où nous sommes enfermés aujourd’hui.

On peut encore gommer l’histoire de dévastation qu’on a laissé partout, mettre de la lumière dans les chambres où on a fait tomber la nuit, on peut encore être l’air.

El aplazamiento es la renuncia del cobarde. Ese ‘hasta luego’ que encubre un adiós, ese ‘no sé’ que esconde un sé que no, ese ‘tal vez mañana’ que da la cara por un nunca forman parte del discurso de quien pliega sus velas cuando todavía hay viento.

Quizá no soy más que una hipócrita,
Una de tantas rutinas buscando la inmortalidad,
Otra Bovary en las hordas de la mediocridad.

Pero he probado esa droga imposible
De saberse vivido lejos de la propia existencia,
De existir más allá de calendarios y epitafios,
De respirar la vida en el pecho de otro.

Y no es fácil renunciar a la intuición
De habitar en una piel distinta de la mía
De vencer a la física y a lógica
De sobrevivir al abismo insondable de la inexistencia.

Pero la cotidianeidad gana terreno
Y los daños colaterales son demasiado centrales
Y la certeza no es tan cierta
Como el mundo conocido arrasado una vez más.

I know it’s over

Aquella noche R. me dijo que verbalizaba demasiado. Que en la certeza no eran necesarias tantas palabras. Que, de hecho, las palabras prostituían la realidad, que existía mucho más allá de los nombres, adjetivos, verbos y adverbios y que normalmente iba a su bola, obviando los dictámenes lingüísticos a los que la sometemos. Y aunque aquel día su afirmación me pareció hiriente, por las veces que las palabras me han salvado del abismo, hoy le doy la razón. La certeza no entiende de palabras, sólo llega y te aturde, te transforma, te convierte en otra persona que nada tiene que ver con las vidas que antes habías vivido. Te hace absoluto. Te transporta a un universo en el que las letras no son más que anecdóticos garabatos en el caos.

Y la inmortalidad, la existencia más allá de uno mismo, la revelación de la identidad, se agota en el esfuerzo por incluírla en nuestras limitadas taxonomías.

Larga vida al silencio de la certeza.

Dejarlo correr
Un río inacabable ahogado en el mar.

Dejarlo caer
Un vuelo kamikaze estrellándose en el techo.

Dejarlo escapar
Un fulgor de cometa huidizo entre las sombras.

Dejarlo esfumarse
Mil virutas de un reino existente sólo en el viento.

Dejarlo morir
Como se mueren las hojas, los ríos, los besos, los sueños.
Como en este mundo mueren
Todos, hasta los muertos.

Soy yo
La impostora,
La cobarde,
La voluble.

La que camina entre las cenizas
De ciudades devoradas por la niebla
La que sobrevivió al incendio
El día en que ardió su alma.

Soy yo,
La del cerebro despeinado,
La esclava de las expectativas.

Creías haberme despistado
En tu ingenuidad de rubia de thriller de medio pelo
Pero ya no estoy dormida,
Soy la tormenta terrible
Dispuesta a derribar el castillo de naipes
En que has convertido tu vida.

Can you hear me?


Y llegó la lluvia.

La lluvia inundó el tram, las papeleras, la carretera, las fuentes y hasta la Garonne. Se coló por el asfalto y las raíces de la ciudad bebieron hasta olvidar a Victor Hugo. Se caló en los huesos de los bordeleses y en los poros de los edificios.

El cielo le pegó un lametazo a Bordeaux de buena mañana, y la ciudad, al mediodía, parecía renovada.

A mí se me enfriaron las venas. Lo sé, no es algo común, pero a veces pasa. Hace un tiempo las venas se me vaciaron y desde entonces les presto mucha más atención, porque no es agradable ver cómo gotea tu vida y cómo acaban tus sueños haciendo carreras contra orines en una alcantarilla. Por eso me sobresalté cuando se me enfriaron las venas, temiendo que otra vez se me desparramase la vida en la cuneta. Pero no fue así, la lluvia sólo me lavó la sangre. Y me marché a casa sabiendo que este otoño sólo es un verano tardío. Mi particular veranillo de San Miguel.

Jukebox

 

18 de Octubre, hibernar.

2011, 18 octubre

Como cada mañana la Porte de Bourgogne y la aguja de St Michel me reciben.

Dicen las malas lenguas que va a ser el último día de sol del año y la piedra caliza de la Porte des Salinières se empapa de luz preparándose para el invierno letárgico y el letargo invernal.

La aguja de St. Michel se aúpa, se despereza hasta tocar el cielo, consciente de que no volverá a ser azul hasta dentro de unos meses.

Y es que ahora es el momento de hibernar.

Los edificios se rinden al calorcito del sol y quienes empezamos la jornada vemos resplandecer el adios del été indien.

Algunos se despiden brevemente, con una leve inclinación de cabeza, mientras otros se concentran en anticipar el rastro de sus propios zapatos en los adoquines (la aurora llega y nadie la recibe en su boca).

Yo me emborracho de luz hasta que tropiezo con alguien y murmuro que lo siento en un idioma que nadie sabe si es francés, gallego o sólo sueño.

Y todo el día trabajado entre paréntesis.

Hasta llegar a la otra puerta, la de Aquitaine.

Más paréntesis. Muchos paréntesis

Hasta la vuelta a casa.

Bonustrack

 

Aquí, y con la luz del mediodía tocando las narices, Le Pain du Soleil, en rue du Pas St. Georges, una calle que últimamente se siente un poco desvalida. En este sitio ponen unas pastas buenas (cuando hay hambre) y moins cher (5 oros) para emportar, así que mientras se pueda comer en la plaza aprovecharemos la ocasión.

Aquí estaba yo comprando comida melancólicamente cuando sonó el teléfono, y aquí me atrapé y no dije ni au revoir con un poco de xeito. En fin, tendrán más oportunidades para conocerme y confirmar esa primera impresión de idiotez supina.

También en la plaza Fernand Lafargue encontré esta puerta azul prusia, desvencijada, fuera de lugar… con esa altura esbelta y esa estrechez insalvable.

Me imagino volviéndome propaganda y colándome por la rendija del correo, aterrizando en un pasillo con suelo de mosaico sin ningún rastro de brillo, dejando que la corriente me vuele hasta una habitación abandonada. Me imagino exhalando mi último suspiro como hoja de papel quemándome hasta los bordes devorada por el fuego causado por un viejo con síndrome de Diógenes y fobia a las comas.

Esa sería una buena muerte, una muerte literaria, no como morirse de desidia día a día.

 

No lejos de la puerta azul prusia, Elmo publicita su nuevo programa en solitario, en el que decide prostituír la infancia de un par de millones de niños para concienciarlos sobre la necesidad de gestionar oportunamente sus bienes pecuniarios.

Por suerte, el misterioso têtu de gresite lo aplastará sin piedad y lo obligará a pasar el resto de sus vidas pegado a la acera, que habitualmente es regada con el máximo deleite por el viejo comofóbico que prendió fuego a sus enseres el mismo día en que Ladydrama condenaba al ostracismo a la última de sus neuronas.

 

 

En este caso la imagen habla por sí sola. Un pis en el baño del Utopia y sale una armada para la revolución; decididamente, mañana me voy a por pinceles, carbón y papel, ¡¡y a mí la legión!!

 

 

 

 

 

Y para culminar la jornada, une démie por 2.30€ en la terraza del Utopia, con espectáculo de perro-al-borde-de-la-muerte-pero-por-suerte-nada-más incluído, y Melancholia, sobredosis de Melancholia. Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

La recomendación de hoy

La banda sonora de hoy