[…]

¡Oh, tiempo de la juventud! ¡Oh, elasticidad siempre en

expansión! ¡Oh, madurez equilibrada, florida y plena!

¡Mis amantes me ahogan!

Oprimen mis labios y se agolpan en los poros de mi piel,

me empujan por las calles y salas de

reunión . . . vienen desnudos a mí, de noche,

gritan de día ¡eh! desde las rocas del río . . . se

balancean y cantan sobre mi cabeza,

me llaman por el nombre desde los jardines, viñedos y

la intrincada maleza,

o mientras nado durante mi baño . . . o bebo en la

bomba de la esquina . . . o cuando el telón ha

bajado en la ópera . . . o echo una ojeada a la cara

de una mujer en el coche del tren;

irrumpen en todos los momentos de mi vida,

besan mi cuerpo con besos dulces y balsámicos,

pasando sin ruido puñados de su corazón y dándomelos

para que yo los haga míos.

 

¡Vejez que asciende espléndida! ¡Gracia inefable de los

días finales!

 

Cada condición no sólo se proclama a sí misma . . .

proclama a la que vendrá después y saldrá de ella,

y el oscuro silencio proclama tanto como otra

cualquiera.

 

Abro mi escotilla de noche y contemplo los sistemas

que se esparcen por el espacio,

y todos los que veo, multiplicados hasta donde puedo

descifrar, no llegan más que hasta los confines de los

sistemas más lejanos.

 

Se extienden más y más,

se expanden sin fin,

más lejos, más lejos, y siempre más lejos.

 

Mi sol tiene su sol y gira dócilmente a su alrededor,

forma con sus compañeros un grupo que describe un

círculo más amplio,

y lo siguen grupos mayores que convierten en puntos

insignificantes a los más grandes dentro de ellos.

 

No hay interrupción y nunca podrá haberla;

si yo, tú y los mundos, si todo lo que está debajo o

sobre su superficie, y toda la vida palpable, fuéramos

reducidos en este momento a una pálida bruma

flotante, eso a la larga nada importaría,

seguramente nos remontaríamos a donde estamos ahora,

e iríamos seguramente más lejos y luego más y más

lejos.

 

Algunos cuatrillones de eras, algunos octillones de

leguas cúbicas no ponen en peligro el momento ni lo

impacientan,

no son sino partes . . . el todo no es otra cosa que una

parte.

 

Por más lejos que mires . . . existe un espacio sin

límites más allá,

por más que cuentes . . . existe un tiempo sin límites

antes y después.

 

Nuestra cita ha sido fijada a la perfección . . . Dios

estará esperando a que lleguemos.

 

[…]

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[…]

 

Sol jactancioso, no necesito tu calor . . . desaparece,

tú sólo iluminas superficies . . . yo fuerzo las

superficies y también las profundidades.

 

¡Tierra!, pareces esperar a que yo te dé algo,

¡dime, vieja encrestada!, ¿qué quieres?

 

¡Hombre o mujer! Podría decirte cuánto te quiero,

pero no puedo,

y podría decir lo que hay en mí y lo que hay en ti, pero

no puedo,

y podría decir los desfallecimientos que siento . . . el

pulso de mis noches y días.

 

Ved que no doy lecciones ni limosnas,

lo que doy, lo doy por entero de mí mismo.

 

Eh, tú, impotente y débil de rodillas, abre esa boca que

cubres con una venda para que yo te insufle energía,

extiende las palmas y levanta las solapas de tus bolsillos,

no admito que me rechacen . . . yo obligo . . . me

sobran las riquezas,

y todo lo que tengo lo doy.

 

No pregunto quién eres . . . eso no

me importa,

no puedes hacer ni ser nada excepto lo que

yo quiera.

 

Me inclino ante el esclavo de los algodonales o ante el

que limpia las cloacas . . . le beso familiarmente la

mejilla derecha,

y juro por mi alma que nunca lo negaré.

 

En las mujeres aptas para concebir engendro niños más

robustos y fuertes,

en este día arrojo la semilla de repúblicas mucho más

arrogantes.

Donde alguien muere . . . allí corro y hago girar el

pomo de la puerta,

echo la ropa a los pies de la cama,

despido al médico y al sacerdote.

 

Cojo al hombre que se hunde . . . y lo levanto con

voluntad irresistible.

 

Oh, desesperado, aquí tienes mi cuello,

¡por dios!, ¡no dejaré que te hundas! Cuelga sobre mí

todo tu peso.

 

Te dilato con un aliento tremendo . . .

te saco a flote;

lleno cada habitación de la casa de una fuerza

armada . . . amantes míos, burladores de tumbas.

¡Duerme!, ellos y yo velaremos toda la noche;

ni la duda ni la enfermedad se atreverán a ponerte un

solo dedo encima,

te he abrazado y desde ahora serás mío,

y cuando te levantes por la mañana hallarás que lo que

te digo es verdad.

 

[…]

[…]

Ésta es la comida servida agradablemente . . . ésta es

la carne y la bebida para el hambre natural,

es para el malvado tanto como para el justo . . . con

todos me cito,

no permitiré que una sola persona sea ignorada o excluida,

la mujer mantenida, el gorrón, el ladrón están aquí

invitados . . . el esclavo de labios gruesos está

invitado . . . el sifilítico está invitado,

no habrá ninguna diferencia entre ellos y los otros.

 

Éste es el apretón de una mano tímida . . . éste es el

movimiento y el olor del pelo,

éste es el contacto de mis labios en los tuyos . . . éste

es el murmullo del deseo,

ésta es la remota profundidad y altura que refleja mi

rostro,

ésta es la deliberada fusión de mi yo y su liberación de

nuevo.

 

¿Adivinas en mí algún propósito oscuro?

Pues lo tengo . . . porque las lluvias de abril lo tienen,

y lo tiene la mica en el lado de la roca.

 

¿Crees que quiero asombrar?

¿Asombra la luz del día o el petirrojo mañanero que

gorjea en el bosque?

¿Asombro yo más que ellos?

 

En esta hora digo cosas confidenciales,

que no las diría a cualquiera pero a ti sí.

 

[…]

[…]

Las casas y las habitaciones están llenas de perfumes

. . . los anaqueles están cargados de perfumes,

respiro yo mismo la fragancia, la reconozco y me gusta,

la destilación también me embriagaría, pero no he de

permitirlo.

 

La atmósfera no es un perfume . . . no tiene el sabor

de la destilación . . . es inodora,

está hecha desde siempre para mi boca . . . estoy

enamorado de ella,

me iré a la orilla del bosque, me quitaré el disfraz y

quedaré desnudo,

me enloquece el deseo de estar en contacto con ella.

 

El vaho de mi propio aliento,

ecos, ondulaciones, susurros zumbantes . . . raíz de

amaranto, hilo de seda, horquilla y vid,

mi respiración e inspiración . . . el latido de mi corazón

. . . el paso de la sangre y del aire por mis pulmones,

el olor de las hojas verdes y de las hojas secas, de la

playa y de las oscuras rocas marinas, del heno en el

granero,

el sonido de las palabras eructadas por mi

voz . . . palabras que se pierden en los remolinos

del viento,

algunos besos fugaces . . . algunos

abrazos . . . brazos extendidos,

el juego de la luz y sombra sobre los árboles cuando las

flexibles ramas se agitan,

el goce de estar solo o en el bullicio de las calles, por los

campos o en las laderas de las colinas,

la sensación de salud . . . la plenitud del

mediodía . . . mi canto al levantarme de la cama y

saludar al sol.

 

¿Te han parecido muchos mil acres? ¿Has creído que la

tierra es demasiado grande?

¿Te ha costado tanto aprender a leer?

¿Te enorgullece llegar a comprender el sentido de los

poemas?

 

Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el

origen de todos los poemas,

poseerás lo bueno de la tierra y del sol . . . aún

quedan millones de soles,

nada recibirás ya de segunda o tercera mano . . . ni

mirarás a través de los ojos de los muertos . . . ni te

alimentarás de los espectros de los libros,

tampoco mirarás a través de mis ojos, ni aceptarás las

cosas que te digo,

escucharás lo que te llega de todos lados y lo tamizarás

tú mismo.

[…]